VIERNES SANTO

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– Jn 18,1-40.19,1-42 –

Salvados

Nada se entiende a estas horas… Todo sucede sin pausa, es muy rápido desde Tu entrada a Jerusalén entre ramos de victoria, a esta horda de gente que grita por “¡¡Barrabás!!” y a tu nombre “¡¡¡crucifícalo!!!”.

¿Es que no se acuerdan que días pasados les has hablado con tanto cariño? Les mostraste el Reino y cuán bienaventurados serán allá los pobres, los desvalidos, los mansos y humildes de corazón. Nos miraste de frente, hablando con ternura a quien estaba herido y con bravura al poderoso que se aprovechaba de otro. Le diste su lugar al huérfano, a los niños, a las mujeres. Pusiste en su sitio la ofrenda de la viuda pobre y convalidaste al que oraba pidiendo perdón sin siquiera levantar su mirada, avergonzado. Y somos ellos ahora, el pueblo en masa, que pide por Tu Cruz.

Te condenó el Sanedrín que hacía tiempo venía buscándote con trampas, falsos testigos e imputaciones tan inverosímiles que el propio Pilato no lograba persuadirse de Tu culpa. Pero también te condenó Pilato, a pesar de saberte inocente, porque no resultaba para él conveniente librarte de tal suerte. Anás, Caifás, Pilato, Herodes, otra vez Pilato. El pueblo…

He ahí la tristeza que te embarga. Es por el grito furioso de condena que elevan aquellos a quienes devolviste la vista, las piernas y hasta los libraste del Mal. “Lo llevó aparte”, “lo miró a los ojos”, “puso su dedo en su oído”, “saliva en su lengua”; no era solamente un despilfarro de poder divino. En cada curación te acercaste al necesitado, al angustiado, al oprimido, Te ofreciste, lo hiciste en miércoles, pero también en sábado. Te ganaste así el odio de muchos, pero aun asumiendo ese costo, te compadecías de cada uno. Como lo hiciste también con la muchedumbre que te seguía, la encontraste con hambre y multiplicaste el pan, pero sobre todo te conmovía verlos como ovejas sin pastor. Y te volviste su Pastor, un Pastor para los tuyos y los extraviados, los judíos y los de Siria, Sarepta, Tiro, Samaría. Pastor cercano, que rescató la alegría en las almas tristes y dio paz al angustiado. También te compadeciste del centurión romano cuando te pidió por su siervo moribundo. Él fue capaz de darse cuenta de su indignidad y de Tu poder, suficiente para sanar aún a la distancia.

Son ahora esos soldados romanos los que entierran su látigo en Tu carne bendita. Se burlan, te quitan los vestidos y te ponen una corona hecha de espinos. Y Tu rostro ensangrentado por esas espinas, Tus ojos tristes, Tu cuerpo latigado es un espectáculo ¡demasiado doloroso! Quiero ser Magdalena que te siguió con Tu Madre hasta los pies de aquella cruz. Verónica para limpiar tu faz herida y agobiada, encontrarme con Tu penetrante mirada en el socorro que te ofrezco. Quiero ser Simón, el de Cirene, que Te alivia en el peso de la cruz. Las mujeres que Te lloran, los discípulos que aún te siguen en la hora más oscura. Quiero ser Juan que se mantuvo fiel hasta el final y postrado a Tus pies, recibió gloriosa misión, la de hacerse cargo de María y adoptar así a Tu Madre como propia. Eso quiero mi amado Maestro, mi Pastor. Pero cuántas veces soy Pedro, soy el gentío que te condena a gritos, soy Pilato, el Sumo Sacerdote. Cuantas veces me acobardo y Te doy vuelta la cara. ¡¡¡Cuántas veces mi Señor!!!

Y ahora estás ahí estás por mí, en esa cruz completamente entregado. Tus brazos extendidos, puro don, Tu cabeza cae, Tus ojos anegados, Tu boca exhala las últimas palabras. De paz, de perdón, de amor. Aún ahí sigues diciéndonos cómo vivir. Aún ahí sigues amándonos a quienes somos Tus verdugos: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Elevas cual súplica doliente “tengo sed”, sed de nosotros, sed por esas almas que se van, que no logran aún -tras lo absurdo de los sucesos – ver al Maestro, al Pastor, al Sanador, al de Palabras profundas, tiernas, amables, cercanas. “Tengo sed”. Luego de más burlas, de la esponja, del vinagre, de beberlo, exhalas con un “Todo se ha cumplido”.

Y sí, todo se ha cumplido. Has hecho todo como se te ha pedido. Obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Expiras en humilde sumisión a la voluntad de Tu Padre y con ello nos liberas, nos redimes. Pagas nuestra deuda con Tu preciosa sangre. Nada hemos merecido mi Señor y ahí estás, abrazado a Tu cruz con el más grande amor.

Moriste por mí, por amor a mí. Moriste por Judas, por Pedro, por Caifás… y moriste por mí. Hemos sido rescatados de la oscuridad. Has hecho llegar a nuestra alma el resplandor de Tu luz. Desde tiempo inmemorial que se preparaba la historia para este eclipse del tiempo y de la historia. Del mal por el Bien. Eva, Noé, Abraham, Moisés, el Mar Rojo, el desierto, la tierra prometida. Salomón, David, antes José. José, nuestro San José y María, el nacimiento en Belén los pastores, los Reyes, la huida a Egipto. Nazaret. Sí, todo se ha cumplido. Hemos sido salvados.